El Entrenamiento de Fuerza…¿Es perjudicial para los niñxs?
Dentro del campo de la AF, desde siempre se ha pensado que un entrenamiento de fuerza destinado a la población pediátrica podía resultar perjudicial para su salud debido a que les iba a limitar su crecimiento, a provocar lesiones y, además, al no haber todavía altos niveles de testosterona, se limitarían las mejoras a nivel motor (Malina, 2006). Actualmente existe gran cantidad de evidencia científica y multitud de autores que desmienten ese tipo de información (Faigenbaum, Lloyd, MacDonald y Myer, 2015; Lloyd et al. 2014; Malina, 2006; Smith et al., 2014). Encontramos diversos estudios que nos hablan de que varias formas del entrenamiento neuromuscular, entendiendo éste como entrenamiento de fuerza, pueden producir mejoras significativas en aspectos como el rendimiento de la fuerza muscular, la producción de potencia muscular, la velocidad de desplazamiento y, en general, en el rendimiento motor global del cuerpo (Valero, Gualteros, Torres, Espinosa y Ramírez-Velez, 2015).

Además, si nos centramos en el aspecto de la salud, un programa de entrenamiento de fuerza modificaría la composición corporal total, favorecería la reducción de grasa corporal, mejoraría la sensibilidad a la insulina en adolescentes obesos, sería capaz de mejorar la función cardíaca en niños obesos y ayudaría a desarrollar la mineralización y el crecimiento óseo, entre otras cosas (Lloyd, et al., 2014). Además de lo nombrado anteriormente, un entrenamiento neuromuscular ayudaría a desarrollar la capacidad antioxidante, a mejorar la capacidad neural y favorecería aspectos psicológicos (Ruiz-Ariza, Ruiz, J., De La Torre-Cruz, Latorre-Román, y Martínez-López, 2016). Entre ellos podríamos destacar la mejora del rendimiento académico, el aprendizaje de valores y el fomento del bienestar físico y social, lo que conllevaría a una mejora del estado de ánimo y la imagen de sí mismo (Lloyd, et al., 2014; Ruiz-Ariza, Ruiz, J., De La Torre-Cruz, Latorre-Román, y Martínez-López, 2016). Cabe destacar que, según Lloyd, et al. (2014), tras un periodo de desentrenamiento de 8-12 semanas, parece haberse visto que algunas medidas de la condición física muscular regresan a los niveles iniciales. Tras esta afirmación, recomienda que la participación en un programa de fuerza adaptado debería desarrollarse de forma anual y a largo plazo, con una correcta estructuración y periodización.